En algún lugar del tiempo (Somewhere in Time, Jeannot Szwarc, 1980)

Cuando estrena su primera obra el joven dramaturgo Richard Collier se encuentra con una anciana que al verle le dice, conmocionada, como si ya le conociera, “vuelve a mí”. Ocho años mas tarde, mientras atraviesa una crisis creativa, Collier queda fascinado en el Hotel Coronado de una fotografía de una actriz popular en los primeros años del siglo XX. Utilizando un método de auto-hipnosis, logrará viajar al pasado para encontrar al amor de su vida…

En algún lugar del tiempo es mi mejor novela”. En boca de casi cualquier otro escritor, esas palabras podrían no significar demasiado. Pero Richard Matheson, uno de los últimos genios vivos de la literatura fantástica, no es precisamente un cualquiera. Escritor de joyas como El hombre menguante, Soy leyenda o La casa infernal, además de prolífico guionista de cine y televisión (entre otras cosas, de un buen número episodios de la legendaria Twilight Zone), su libro era una apasionante y trágica historia de un hombre al borde de la muerte que para escapar de su realidad lograba viajar en el tiempo para encontrar al amor de su vida, una actriz que en 1898 habitó el hotel donde va el malogrado dramaturgo a pasar sus últimos días.

La novela tenía, amén de muchas otras, una de las mayores virtudes que suele tener el escritor norteamericano, hacernos partícipes del punto de vista del protagonista, de tal modo que pasado un buen número de páginas, y con un grado de concentración adecuado, uno es capaz de asumir el propio rol principal y ver el mundo que ha creado Matheson con sus ojos. De ese modo, cuando se va acercando el final, la visión vuelve a ampliarse y la realidad puede ser muy distinta a como la hemos venido leyendo. Así, Robert Neville era leyenda, pero no por los motivos por los cuales uno piensa que lo es una vez empieza a leer el libro, y el científico Lionel Barrett y la espiritista Florence Tanner tenían los dos puntos de vista principales de La casa infernal, casi obligando al lector a que tomara partido por uno de los dos… cuando de hecho ninguno llegaba a tener la perspectiva de toda la verdad. Desde un primer momento, en el libro, la triste historia de Richard Collier daba a pensar que su hipnosis y su viaje en el tiempo no era más que un mero escapismo mental debido a su situación; sin embargo, la narración acababa logrando hacer olvidar tal cosa, hasta llegar al final, donde vuelve a quedar patente la posibilidad de irrealidad física de todo lo que hemos venido asimilando. Este era otro de los grandes logros del libro, su ambigüedad y su (hasta cierto punto) optimista modo de ver el último tránsito entre la vida y la muerte, ya sea creyendo o no que Collier viaje en el tiempo.

Por desgracia, y a pesar de ser un film encantador, esta parte de la historia queda totalmente fuera de la película, perdiendo mucho en comparación con la obra original por esta causa, a pesar de que el guión sea del propio escritor. Quizá porque si se mantenía totalmente fiel sería una película demasiado dura, nos encontramos a un Richard Collier que no padece ningún tipo de enfermedad, simplemente se enamora de una fotografía, y que a pesar de la esforzada interpretación de Christopher Reeve no logra transmitir toda la angustia que sufría el personaje –lógico, por otra parte, puesto que en esta versión esta angustia no existe-. También queda un tanto desvirtuado el personaje de Elise MacKenna, más frágil y sin la fuerza interior que desplegaba en el texto original, pero la estupenda interpretación de Jane Seymour y la química que logra con el tristemente fallecido protagonista de Superman restan importancia a este hecho. El que sí parece algo reforzado es Robinson, el representante de MacKenna, eternamente enamorado de ella en secreto y que es capaz de todo por espantar de su alrededor a cualquier hombre que intente acercarse a la mujer a la cual él ha convertido en estrella, gracias en parte al siempre solvente Christopher Plummer, aunque su físico no se asemeje demasiado al definido por Matheson en el libro. Se le añade también un “don” de presagiar el destino que no aparecía en la novela, aunque se da a entender que parece provenir de sus propios temores.

Pero, a pesar de todas las pegas que se puedan poner comparando libro contra film –aun habría alguna más, como un sentido del humor más extendido en el largometraje, o la sensación de que Collier y McKenna llegan a conocerse demasiado poco durante el mismo, aunque el director busca, sobre todo usando la música (no sólo la banda sonora original de John Barry sino también la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Sergei Rachmaninov) transmitir las sensaciones que se producen el uno al otro-, como he mencionado anteriormente la película es realmente encantadora. El simple hecho básico de que dos personas se amen en dos tiempos diferentes y que apenas puedan compartir unos días ya da de sí una tragedia mayúscula, y de esa base tan simple surge una historia de amor tan desasosegante y melancólica que hace parecer la de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en Titanic un mero rollo de fin de semana. Y a pesar de que pueda ser un truco bastante sensiblero, el diseñar imágenes de postal acompañadas de una melodía emotiva para representar los “grandes momentos” de la pareja (la primera vez que Collier ve la fotografía de McKenna, el primer encuentro de ambos en la playa), resultan no sólo no molestos, como suele darse en otro tipo de películas, sino casi necesarios en esta historia de amor bigger than life. No alcanza ni mucho menos todos los logros del espléndido libro, pero uno comprende de todas maneras el culto que se ha generado en torno a ella los últimos dieciséis años.

Un último elemento digno de mención es el reloj, que no existe en ningún tiempo. Si bien en el libro era un regalo de Collier a McKenna, en la película ella se lo entrega a él, siendo anciana, y él se lo regala cuando viaja en el tiempo para encontrarla. Matheson logró añadir un elemento mágico más a su historia en el guión, todo un símbolo del destino, que une y separa, el propio tiempo.

Anécdotas:

* En la película Richard Collier viaja hasta 1912, mientras que en la novela viajaba hasta 1898. * El profesor que enseña a Collier el método de auto-hipnosis se llama “Finney”, como homenaje al escritor Jack Finney. Algunas malas lenguas comentan que Matheson tomó prestadas demasiadas ideas de la novela de este autor Ahora y siempre (Time and Again) para la creación de la suya. Siendo así o no, las alabanzas de Finney a Matheson parecen dar a entender o que es mentira, o que no le importa demasiado. * El propio Matheson tiene un cameo en el film como el hombre que se encuentra con Collier en el lavabo del hotel después de que este termine de afeitarse patosamente. * El momento en el que Collier ve la fotografía de McKenna por primera vez era también la primera ocasión en la cual Christopher Reeve veía el retrato, en un intento de aprovechar la primera impresión.* La película se pasó durante dieciocho meses ininterrumpidamente en un mismo cine de Hong Kong. * Existe un grupo de cultistas de la película, los Somewhere to Time Enthusiasists, que organizan anualmente un viaje al Gran Hotel de la isla de MacKinack, lugar donde se rodó el film, y editan un boletín cuatrimestral. * La película ganó tres premios Saturn (mejor película de fantasía, vestuario y música), amén de dos nominaciones para Reeves y Seymour, que sí fueron galardonados por el Fantafestival romano por su actuación. Además, logró una nominación al Oscar por su vestuario y al Globo de Oro por su Banda Sonora.

Javier J. Valencia

(Artículo originalmente publicado en la web pasadizo.com en el año 2007)

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