El sonido del trueno (A Sound of Thunder, Peter Hyams, 2005)

thunder_capEn el año 2.055 se ha dominado el viaje temporal, aunque Charles Hutton, líder de la empresa Time Safari Inc., lo utiliza con fines comerciales, proporcionando la posibilidad de viajar a la prehistoria a millonarios para cazar dinosaurios. El sistema está diseñado de tal forma que siguiendo unas reglas sea imposible alterar el continuo espacio-tiempo… hasta que estas reglas se rompen y empiezan a afectar apocalípticamente a su era mediante unas ondas temporales. Travis Ryers, el hombre que encabeza las expediciones, su equipo y la creadora de la máquina del tiempo Sonia Rand empezarán una carrera contra reloj para descubrir cómo se alteró la línea temporal y arreglarla…

Gracias a títulos como Capricornio Uno (Capricorn One, 1978) o Atmósfera Cero (Outland, 1981), Peter Hyams gozó durante los años setenta y primeros ochenta de una excelente reputación como director. Pero a lo largo de los noventa, con películas tan mediocres como Timecop (Timecop, 1994), Muerte súbita (Sudden Death, 1995), o El fin de los días (End of Days, 1999), su estrella se fue apagando, como a tantos otros de su generación, convirtiéndose en uno de esos directores que son tanto del gusto de los productores, eficaces, con un cierto gusto por la estridencia y nula personalidad. Y productores es precisamente lo que le sobra a este Sonido del trueno, prevista originalmente para ser estrenada en el año 2003, pero que debido a la bancarrota de su productora original fue pasando de unas manos a otras, no se sabe hasta qué punto retocando el guión original (se dice que Ray Bradbury llegó a ver unas escenas de lo rodado en un principio y comentó que habían mejorado su relato original en el cual está basado la película, algo sorprendente viendo el resultado final del film) y convirtiendo el producto final en un desaguisado absoluto.

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Por muy interesante que sea la premisa original (alterar lo mas mínimo el pasado puede tener consecuencias catastróficas en el presente), uno llega a pensar que peor no puede hacerse con semejante material. Ya en la primera escena, una cacería en la Prehistoria, se nos presenta a un dinosaurio con una cierta apariencia de Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993) en rebajas que asusta un poco y hace pensar que hemos conectado una consola de videojuegos por error. Sin embargo, uno está dispuesto a pasar eso por alto si por lo menos los personajes están bien caracterizados y el guión es inteligente. Pues no, el desarrollo posterior va a la par con su aire de todo a cien.

Del personaje principal, Travis Ryers, interpretado por Edward Burns (cargándose aquí ya el poco prestigio que le quedaba, en una actuación que bien podría haber sido efectuada por el Michael Paré o Lorenzo Lamas de turno), se nos comenta en un principio que si trabaja para el malvado Hutton lo hace para conseguir ADN de especies animales que fallecieron en algo llamado “gran virus” (que no tiene la menor importancia en la película ni en el universo donde viven), y así se justifica que tal sanote muchacho trabaje para semejante villano horripilante en pos de una causa justa, a pesar de que si uno lo piensa bien no tiene mucho sentido. Charles Hutton, interpretado por un Ben Kingsley con peluquín blanco, en el que debe ser el punto más bajo de su loable carrera, es el clásico ser amoral que solo quiere utilizar la máquina para sacar dinero a los millonarios que buscan vivir aventuras prehistóricas, y que es capaz de saltarse las medidas de seguridad del aparato con tal de ahorrarse unos pocos pavos. Ahí está Sonia Dent, la creadora de la máquina original, que ansía advertir de lo terrible que puede ser el mal uso del aparato. Todo ello envuelto en un mundo futurista de tercera, con unos fondos dignos de cualquier soap opera bastante risibles.

Por supuesto, uno de los millonarios que van a la cacería, bastante cenutrio, por cierto, aplasta una mariposa sin darse cuenta y esto provoca en su presente una serie de “ondas temporales”, que van apareciendo a ráfagas durante el transcurso de la película, alterando la realidad. Poco a poco en la Tierra van dejándose caer una especie de mezcla entre dinosaurios y gorilas con muy malas pulgas, cucarachas devoradoras, murciélagos gigantescos o tremebundas serpientes marinas. Y el fornido héroe y la doctora, más el equipo que le acompaña, deben embarcarse en un correcalles en pos, primero, de descubrir cómo se ha alterado el presente, y segundo, de cómo volver todo a la normalidad.

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No creo que le destroce a nadie que haya visto más de diez películas de acción en su vida que el elenco de secundarios, todos ellos penosamente descritos, son básicamente una excusa para ir cayendo en boca de las fauces de las especies que van pululando a lo largo de la película y que lo poco que intervienen es para sonrojar a cualquier espectador, salvo que a la media hora ya haya aceptado que está viendo una broma y decida seguir el juego de una película que, sabiendo los problemas por los que atravesó durante su filmación, uno no duda que la acabaron de cualquier manera. Así, el personaje de Jemima Rooper suelta algo así como “hay un MediaMarket aquí cerca” cuando descubren que su ordenador no funciona y no pueden volver a activar la máquina temporal (dejando claro quién financia la película, así se hace), o el médico del equipo resulta ser un experto ladrón de coches (cuando al guión le hace falta uno, por supuesto) soltando un “cómo creéis que me pagué los estudios de medicina” y quedándose tan ancho. Se intenta que resulte un poco emotiva la primera muerte, pero a partir de la segunda ya ningún personaje derrama una lágrima. Una actitud muy del tipo “bah, total, vamos a volver a hacer que las cosas sean como antes” es la que mantienen, cosa que no ayuda por cierto a hacer dudar del desenlace del film.

Total, que nos encontramos con un producto muy en la onda de producciones como Crossworlds (Crossworlds, 1996), Future Sport (Futuresport, 1998) o baratijas de ciencia ficción de este tipo, que cumplen su función en las cajas de “tres películas por dos euros” en las estaciones de trenes pero que provoca una inquietante extrañeza al ver que algo así ha llegado a las pantallas grandes…

Javier J. Valencia

(Publicado originalmente en www.pasadizo.com en el año 2005)

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