The Cloverfield Paradox (Julius Onah, 2018)

La paradoja del monstruo

Bajo el nombre de Monstruoso, llegó en 2008 la primera entrega de la franquicia Cloverfield. Aquella, funcionaba como un kaijueiga en clave de found footage -una monster movie–  con la que Matt Reeves (La guerra del planeta de los Simios, 2017) dio el pistoletazo de salida a una de las que, a día de hoy, es una de las sagas del fantástico con más incógnitas a su alrededor. Después de aquella modesta película, seis años más tarde, apareció Calle Cloverfield 10 de la mano de Dan Trachtenberg. Film que fue anunciado oficialmente poco antes de su estreno y que fue la opera prima del director. Igual que pasó con Robert Eggers y su The Witch (2015), Trachtenberg debutó en el largometraje entrando por la puerta grande. 10 Cloverfield Lane, que contaba con un tremendo actor como es John Goodman –recordado por títulos legendarios en su etapa de los 90 como Los Picapiedra (Brian Levant, 1994) o The Borrowers (Peter Hewitt, 1997)– cambiaba el rumbo de Monstruoso, puesto que optaba por encaminar su historia hacia el thriller, con pinceladas de terror, con un desenlace situado en paralelo a la trama de su predecesora. Algo así como lo que realizó Paco Plaza con su [REC] 3: Génesis (2012). Alteró la forma original pero el contenido funcionaba en la misma línea en, lo que podría ser, dos realidades distintas. Por descontado, obviamente, las historias de [REC] (2007) sí que funcionan todas en el mismo universo, pero, según cómo se mire, la entrega de Plaza en solitario podría seguir siendo tratada como independiente. Porque reúne exactamente los mismos ingredientes que componen la primera y segunda entrega de la saga de zombis nacional por excelencia, pero se aleja de la misma al dejar el método de metraje encontrado a un lado y cambiar tan bruscamente de protagonistas. Iniciando un argumento nuevo para ellos en una localidad distinta a la del famoso y terrorífico edificio en cuarentena donde habita el paciente cero del virus maligno.

Empero, volviendo al tema que nos ocupa, tras dos años de Calle Cloverfield 10, y cumpliendo diez de Cloverfield, Netflix anunció por sorpresa durante la SuperBowl el inmediato estreno de la tercera pieza de la franquicia. Una grata sorpresa para los seguidores de la saga que, sin embargo, no ha resultado estar a la altura de sus predecesoras. Aunque eso tampoco quiere decir que haya que lapidarla. Si bien Monstruoso era un found footage y Calle Cloverfield 10 un thriller con parte de fantástico, esta tercera parte, The Cloverfield Paradox, opta por apostar por la ciencia-ficción pura y dura para intentar explicar, en la medida de lo posible, el origen de la monstruosa y violenta invasión extraterrestre a la Tierra que vimos en sus dos predecesoras. En The Cloverfield Paradox, el planeta está en guerra y unos astronautas intentan buscar soluciones para terminar con ella. Pero al ejecutar una maniobra fallida, su nave queda atrapada en una dimensión alternativa y deben arreglárselas para volver a su punto de partida. Lo que, automáticamente, se entiende como que Cloverfield funciona como un multiverso donde las realidades de cada planeta terrícola son distintas, pero contienen a las mismas personas. Como si de Coherence (James Ward Byrkit, 2013) se tratase. Solo que, aquí, hay monstruos gigantes dispuestos a destruir todo lo que conocemos como civilización.

The Cloverfield Paradox, sin embargo, no funciona igual de bien que sus hermanas mayores. Julius Onah, director del film, tiene claro lo que quiere explicar, pero no lo ejecuta de un modo óptimo para que el largometraje resulte atractivo y esté acorde con las dos anteriores entregas de Cloverfield en lo que a temática horror se refiere. Bien podría haber funcionado como una especie de Horizonte Final (Paul W.S. Anderson, 1997), en la que los tripulantes se ven sometidos a una serie de terribles pesadillas que les arrastran a la locura. Sin embargo, Onah prefiere encarrilarse hacia un terreno más similar al de Alien (Ridley Scott, 1979) –aunque Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017) también entraría en el pack por reunir las mismas características- o al de la reciente Life (Daniel Espinosa, 2017)– que, grosso modo, es lo mismo que Alien, solo que con un fin más cercano a nuestra realidad y no tan futurista como el universo de Scott- y eso, le pasa una costosa factura. Reúne las piezas fundamentales de aquellas cintas; una tripulación torpe, un monstruo de por medio –representado aquí como un serial killer humano- y un compendio de desgracias que no hacen más que poner las cosas difíciles a los protagonistas. El problema, es que no parecen estar cohesionadas por un nudo lo suficientemente fuerte como para justificar todas las controversias con las que la tripulación debe lidiar. Es más bien un mero pasatiempo para orientar la trama hacia un fin mayor: el de crear un fondo para Cloverfield donde quepan todas las locuras que la franquicia ha ofrecido hasta la fecha –y las que ofrecerá-.

Si bien esta entrega no consigue funcionar en solitario como debería, en su pretensión de querer ser el eje central de Monstruoso y Calle Cloverfield 10 para entrelazarlas, entre ellas y a sí misma, sí que cumple con creces. Incluso, a su favor, The Cloverfield Paradox se reserva un trio de secuencias que emanan género por todos sus rincones. Recreando escenas  sacadas de La autopsia de Jane Doe (André Ovredal, 2016), Expediente Warren: El caso Enfield (James Wan, 2016) y un momento cómico al borde del slapstick en el que se hace una pequeña referencia a “Cosa” de La familia Addams (Barry Sonnelfeld, 1991). La capacidad que desata Onah para permear los géneros y hacer que The Cloverfield Paradox sea un film tan ecléctico en cuanto a estilos y referencias, es sin duda otro punto a favor que el film suma a su marcador.

La tercera entrega de Cloverfield puede que solo sea un refrito de otras sci-fi con aires de terror que, aunque reúna todos los clichésde estas y no consiga explotarlos para mostrar una trama atractiva, es la única que por lo menos se molesta en querer darle un sentido a todo lo que su saga nos ha traído hasta ahora. Eso, lógicamente, es una ardua tarea que le obliga a tener que ser menos modesta que sus predecesoras y centrarse más en darle forma a su universo, que en construir un argumento propio impoluto. Por lo que no hay que dejar que caiga en el olvido ni que tampoco permanezca en la memoria como algo aberrante.

Xavi Mogrovejo

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