An Adventure in Space and Time (Terry McDonough, 2013)

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Se llama Doctor Who y es un Señor del Tiempo de aspecto humano que tiene más de 900 años de edad. Se regenera cada vez que su cuerpo se daña o se encuentra en peligro de muerte, cambiando totalmente su aspecto físico y su personalidad, pero conservando intactos sus recuerdos. Viaja a bordo de la TARDIS, una nave con apariencia de cabina de policía británica capaz de moverse por el tiempo y el espacio. Gracias a este singular vehículo vive fantásticas aventuras y conoce a las mas variopintas formas de vida de la galaxia.

Les describo por encima al personaje porque, pese a ser el protagonista de la serie televisiva de ciencia ficción más longeva de la historia –en 2013 se cumplió su 50 aniversario–, poco nos ha llegado de él por estos pagos. Oficialmente hablando, claro. El primer episodio de El Doctor Who se emitió el 23 de noviembre de 1963 en la BBC, justo un día después del asesinato del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy. Dicha emisión se vio eclipsada por la cobertura de la noticia y la cadena decidió volver a programar el episodio la siguiente semana, justo antes del segundo.

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Poco tiempo después Doctor Who se había convertido en un éxito sin precedentes en el Reino Unido y las amenazas de cancelación que planeaban sobre la misma se evaporaron sin discusión. Hasta tal punto esto fue así que, la serie se mantuvo ininterrumpidamente en parrilla hasta 1986, con un total de 26 temporadas y siete encarnaciones distintas del protagonista. Los años 90 también contemplaron al señor del tiempo, pero esta vez en forma de TV movie, con un octavo doctor en continuidad. La serie regular volvió a retomarse en 2005, con 8 nuevas temporadas hasta la fecha. A día de hoy todavía permanece en antena y ya van por el Duodécimo Doctor.

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Siendo un crío, a finales de los 80, pude ver algunas temporadas del Doctor Who gracias a la cadena catalana TV3. Concretamente las protagonizadas por el Cuarto Doctor, interpretado por Tom Baker. Me causaron tal impresión que volvía corriendo de la escuela para no perderme las aventuras de ese extravagante señor con bufanda que luchaba contra media galaxia. Me fascinaba y me aterrorizaba a partes iguales. Cerebros vivientes que buscaban un cuerpo en el cual vivir, robots con forma de batidora que encerraban en su interior a belicosas razas extraterrestres en extinción o futuros apocalípticos que podían dejar la tierra hecha un pastizal eran solo algunos de los argumentos que me regalaba la serie. Y ahí se quedó todo, pues tras unos 50 capítulos, en la cadena autonómica abandonaron su emisión. Y no había internet, así que adiós muy buenas hasta 2005, año en que los británicos decidieron retomar al personaje. En España, las tres primeras temporadas salieron a la venta en DVD y el canal de televisión Boeing ha ido emitiendo las siguientes con más o menos éxito; pero el maltrato a esta serie es ya casi una tradición en nuestro país.

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Y así llegamos por fin al 50 aniversario del buen doctor y a este amoroso homenaje en forma de TV movie de lujo. An Adventure in Space and Time nos cuenta la gestación de la serie desde las entrañas mismas de la BBC. Asistimos al nacimiento del primer doctor, interpretado en su momento por William Hartnell, y descubrimos como la más descarada improvisación fue moldeando algunos de los aspectos más interesantes de la propuesta, así como la idea de las regeneraciones del personaje.

Se pone un esmerado énfasis en los entresijos de la serie y las dificultades iniciales para llevarla a buen puerto, si bien sabemos en todo momento que jamás se llegó a cancelar. Y aquí es donde entran en juego Verity Lambert, interpretada estupendamente por Jessica Raine, en su rol de productora combativa –la época no era propicia para que este tipo de cargos recayeran en una mujer– y Sidney Newman, encarnado por un Brian Cox un tanto histriónico en su papel de atribulado ejecutivo de la BBC. Hay guiños continuados al espectador sobre la cancelación de la serie, muchos nervios mientras se rueda, referencias a la insólita música electrónica de la banda sonora e incluso, en un momento dado, Sidney Newman pretende eliminar la actualmente archiconocida careta introductoria porque la encuentra demasiado perturbadora para los niños.

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Pero bromas aparte, aquí lo importante es William Hartnell, el actor que interpretó al Primer Doctor. Lo arriesgado de su elección en su momento, su carácter imposible y la relación que se establece entre los artífices de la serie. Esa ultima oportunidad laboral, casi impensable, con que se topó pese a su avanzada edad (en realidad tenia 55 años pero lucia como un anciano de 70) y como supo disfrutar de la misma a su manera. Impagable –aunque un tanto edulcorada, como toda la propuesta– la escena del actor jugando a Doctor Who con los asombrados niños del parque bajo la sonriente mirada de su mujer. El trabajo del actor David Bradley (Walder Frey en Juego de tronos) encarnando a Hartnell es sencillamente soberbio. Nos dibuja al veterano intérprete como un anciano cascarrabias harto de verse encasillado en su rol de militar severo. Un actor de carácter que se niega a aceptar que sus tiempos ya han pasado mientras se encarga de recordar orgullosa pero infructuosamente a todo el que le rodea que él hizo un gran Rey Lear. Pese a sus ínfulas, cuando le llega la oportunidad de encarnar al Doctor Who se asusta como un niño. Primero porque es algo totalmente diferente a lo que ha hecho siempre y segundo porque bajo su apariencia huraña, evidentemente, se esconde un tipo entrañable.

La BBC no escatima en diseño de producción para presentar este telefilme de altos vuelos. Se recrean las oficinas, el vestuario, los decorados y los equipos técnicos de la casa a la perfección. La fotografía es de nivel y todo viene muy bien empaquetado. Por otro lado, para regocijo de los fans, se pone especial incidencia en la TARDIS, la nave del protagonista. Son preciosas todas las escenas de homenaje a la misma y sobre todo el detalle –totalmente intencionado– de que sea el propio actor que encarna al doctor el encargado de encender sus luces de feria entre toma y toma. Como si William Hartnell fuera quien de verdad controlaba los secretos de tan maravillosa máquina temporal.

Mención aparte merecen los Daleks, que protagonizan algunos de los momentos más brillantes del film. Su presentación en cámara subjetiva –donde vemos las reacciones del personal al verlos llegar al plató–, les otorga el estatus de leyenda que merecen por encima de su risible aspecto. La escena en la que los niños juegan a ser Daleks en el autobús, ante la emocionada mirada de Jessica Raine o poder ver como un actor ponía su característica voz distorsionada a los Daleks, mientras rodaban la serie en directo, convierten esta película en una especie de making of de ficción que va mucho más allá del simple y barato docudrama.

No hay que situar necesariamente la obra en su contexto para entender y apreciar la TV movie, pero me temo que se puede disfrutar mucho más si uno conoce un poco al Doctor Who y lo que este significa. Y esto ciertamente le resta puntos a la propuesta. La escena de los Daleks cruzando el puente de Westminster con el Big Ben de fondo, magníficamente recreada y homenajeada en el telefilme, debe conmover a media Gran Bretaña –y a todo fan del Doctor que se precie– pero no significará demasiado para el resto de los mortales, a parte de resultar curiosa. El Doctor Who, la TARDIS y los Daleks son ya iconos de la cultura popular inglesa y la película está pensada en base a ello, con sus respectivas dosis de leyenda incorporada. Sin embargo, me reitero. No es necesario saber nada del Doctor Who para disfrutar de la obra que tenemos entre manos, la historia y su discurso contienen la suficiente sensibilidad y buen hacer como para resultar atractiva a todo el mundo.

Dani Morell

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