Solomon Kane (Michael J. Basset, 2009)

Nos encontramos ante una película que pasó sin pena ni gloria por nuestras salas, y así y todo, creo que merece la pena hablar un poco sobre ella por diversos motivos. El primero, por ser una adaptación literaria que ya llevaba años fraguándose pero que no terminaba de encontrar salida. El escritor Robert E. Howard se ha inscrito en la historia por formar parte del entorno de H.P. Lovecraft y la popular revista Weird Tales, pero sobre todo por ser el creador de Conan (posteriormente el personaje adquirió vida propia en los comics de la editorial Marvel, y ésta se encargó de ocultar al autor durante décadas cosechando grandes éxitos a su costa). Pero Howard no fue escritor de un solo personaje, y entre sus relatos de misterio y horror encontramos ocho protagonizados por Solomon Kane, un aventurero peculiar que por fin podemos ver trasladado a la pantalla.

El Solomon Kane original es un frío justiciero de lo oculto que, con su vestimenta de puritano y armado de severas creencias religiosas –y algo de pólvora–, está siempre dispuesto a pasar a la acción. Se trata de una especie de Clint Eastwood –época Infierno de cobardes– de lo paranormal, empeñado en luchar contra todos los mitos y leyendas imaginables sin apenas inmutarse. A pesar de que nunca sepamos demasiado sobre su pasado, Kane está brillantemente descrito ya desde el primero de los ocho relatos que escribió el autor sobre el personaje: “Un hombre alto y enjuto, ése era Solomon Kane, de rostro pálido y sepulcral y ojos moribundos que resultaban aún más sombríos merced a su austero atuendo de puritano”. A lo largo de estos relatos, que suceden entre Europa y África (un continente totalmente re-inventado por el autor y repleto de caníbales y otros agradables personajes), se enfrentará a diferentes monstruos y fantasmas, incluyendo a las míticas Arpías de Sansón. Conocerá ciudades mitológicas olvidadas en mesetas de esta África sui-generis y se enfrentará a maldiciones y venganzas de una manera brutal y a veces despiadada.

Con semejante chicha y tras el éxito de Conan y derivados, hacía décadas que se rumoreaba sobre la adaptación cinematográfica de los relatos de Solomon Kane, el personaje menos agradecido de Howard. Finalmente, y tras años de vaivenes, se concretó el proyecto. En líneas generales la producción recayó en manos europeas y la dirección de la cinta corrió a cargo de Michael J. Bassett, un joven director que ya había apuntado maneras con su Opera Prima, Deadwatch (2002), una película de terror de bajo presupuesto ambientada en una trinchera encantada durante la primera guerra mundial, que sin embargo resulta algo fallida por sus constantes altibajos.

Solomon Kane no tiene más pretensión que entretener. No se trata de una obra maestra, ni pretende serlo, pero cubre las expectativas. Es una película de espada y brujería como hace tiempo no veíamos. Una película de aventuras al viejo estilo que voluntariamente le debe mucho a la –ahora sí– obra maestra de John Milius Conan el Bárbaro (Conan the Barbarian, 1982). La trama está más vista que el tebeo, una historia de venganza y poco más. Familias masacradas y pueblos destruidos –otra vez el Conan de Milius– darán pie a la vendetta de turno. Un pequeño giro al final, previsible a más no poder, terminará de engrasar el manido guión, pero… ¡voilà, funciona! y funciona porqué lo que queremos ver está ahí, y en grandes cantidades. Magia, zombis, lucha, monstruos, honor, brujería y venganza, sobretodo venganza.

Por momentos, gracias a sus desmanes innecesariamente escabrosos o truculentos, a sus inocentes protagonistas encerrados en carros-jaula y a su villano enmascarado con reminiscencias del Humungus de Mad Max 2, todo al mejor estilo eurotrash, creí estar viendo una película de los ochenta, una revisión de El Señor de las Bestias de Coscarelli pero con descaradas pinceladas de El Señor de los Anillos de Peter Jackson (los tiempos y los productores obligan). Por más que la maquillen, este Solomon Kane es un producto europeo de explotación. Posee todos los rasgos que caracterizan este tipo de producciones. Por no hablar de la inclusión de un actorazo –Max von Sydow– a menudo olvidado por el maistream y que termina de otorgar el toque internacional a la producción.

Pero vamos a buscarle los tres pies al gato, que los tiene. El fervor religioso del Solomon Kane literario roza lo patológico y, precisamente porqué desconocemos su pasado y sus motivaciones, nos resulta todavía más sorprendente y brutal en su cruzada personal contra lo maligno. Es justamente en este aspecto donde la película le puede chirriar a más de un purista del autor, pues como era de esperar, ésta se empeña en fabricar un pasado al personaje. Ese halo de misterio que en los relatos literarios daba fuerza al protagonista, queda totalmente eliminado en la película en pos de una mayor construcción del personaje y comercialidad. En definitiva, entendemos sus motivaciones, objetivos y ansias de redención desde un primer momento, pero perdemos un tanto el sentido de la maravilla que acompañaba al otro.

Por último, la película no adapta ninguno de los relatos originales de Solomon Kane, pese a que, en general, se amolda de manera fiel al estilo y maneras del personaje. Como he dicho antes, nos cuenta una aventura de espada y brujería sin pretensiones, y eso en definitiva es lo mismo que hacia Howard en sus relatos pulp. Hay que reconocer que el planteamiento es excelente y está correctamente narrada, los momentos terroríficos están logrados, la acción es trepidante y los detalles de ambientación están muy cuidados. Las bestias, monstruos y brujas obedecen a un magnífico diseño por parte de los responsables de FX, y la trabajada fotografía, sobretodo de exteriores, nos muestra bosques y parajes cargados de atmósfera y misterio que ayudan a crear un envoltorio de lujo para una propuesta interesante que, pese a su poca originalidad, consigue sus objetivos.

Dani Morell

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