El secreto de Mr. Rice (Mr. Rice’s Secret / Exhuming Mr. Rice, Nicholas Kendall, 2000)

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Poco antes de morir, William Rice le entrega a su mejor amigo, el jovencito de diez años Owen, un misterioso anillo. Owen padece la enfermedad de Hodgkin y siente enormes dificultades para aceptar su realidad, temeroso de que su hora le llegue en cualquier momento. Sin embargo, cuando con sus amigos se cueleen la casa del difunto señor Rice, descubrirá que la edad de su estimado amigo era mucho mayor de la que aparentaba, y comenzará a descifrar las claves que éste le dejó tras morir en busca de la Poción de la Vida…

Un tema difícil es el que intenta hacer llegar esta producción canadiense a las plateas infantiles y juveniles. Raramente se ven películas cuyo tema principal sea la muerte y tengan intenciones en taquilla centrándose en ese tipo de público. Es una temática que parece, por lo menos desde un punto de vista hollywoodiense, mucho más indicado para las TV movies, donde en cualquier caso se suelen desatender más a los personajes de menor edad, aunque sean ellos los que padezcan una enfermedad terminal, en pos de sus figuras paternas o maternas, que a fin de cuentas son los que tienen la televisión encendida a esas horas y generan los posibles beneficios. El mayor riesgo de esta producción es centrarse en la vida de este muchacho, sus reacciones ante lo que él teme que es un destino inmediato, y a la vez contar una pequeña historia de fantasía.

Cierto que nada más terminar de visionar el film, a uno se le queda una sensación de extrañamiento. Por una vez un protagonista de diez años de una película no está obsesionado con el dinero, ni con ligarse a alguna compañera, ni con el deporte. Su obsesión es la posibilidad de fallecer, debido a la enfermedad que padece. Y partiendo eso como base, Owen Walters es un muchacho –muy bien interpretado por Bill Switzer- que reacciona en consecuencia a ello. Tiene una vida normal, dos padres que se esfuerzan en que sea feliz, amigos de todo tipo… pero la sombra de su mal le persigue y no le deja de vivir tranquilamente, le provoca pesadillas, y un estado de ansiedad que le lleva a rechazar a Simon, otro muchacho que conoció en la residencia estando enfermo y que se encuentra en un estado bastante peor que el suyo, aunque acepta mejor su condición y al que no soporta ver debido que en su presencia ve reflejados sus propios miedos.

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Al personaje de David Bowie, el Mr. Rice que da título al film, le toca hacer de una suerte de consejero espiritual de Owen. Rice y el joven traban una entrañable amistad mientras el primero pasó algunas de las etapas más duras de su tratamiento que va desarrollándose mediante flashbacks, en los cuales le va aconsejando sobre los diversos puntos de vista que se pueden tener hacia ciertos símbolos que en nuestra cultura reconocemos como la muerte y que pueden quedar grabados a fuego en la memoria de un niño, a la vez que introduce la pequeña trama fantástica de la historia. Rice deja una serie de claves que Owen deberá seguir para descubrir su secreto, que no es otro que el de la inmortalidad, algo que queda bastante claro al inicio del film cuando se descubre una serie de fotografías que lo muestran en el siglo pasado. Considerando que los papeles cinematográficos de Bowie dentro del cine de género incluyen cosas como un vampiro enfermo, un espectro que viaja por el tiempo, un príncipe duende o un extraterrestre alcohólico, cierto que imaginárselo como un alquimista inmortal no es muy difícil, pero realmente su presencia en el filme se reduce, en pantalla, a cuatro escenas donde se le muestra simplemente como un buen amigo y guía de Owen, aunque las frases en las que trata de responder a las cuestiones de su colega vayan resonando a lo largo de la película y siendo claves para su desarrollo.

Por desgracia, a pesar de tener el film la enorme virtud de crear a un personaje creíble, a pesar de su edad y de su estado de salud, y de evitar caer en lo lacrimógeno –en ningún momento se ve al protagonista sufrir por su enfermedad, la cual le está siendo tratada, salvo por un desmayo-, no puede evitar caer en ciertos defectos, como excederse en el tratamiento tópico de algunos personajes secundarios (uno no duda del tópico “los niños pueden ser muy crueles”, aunque tal vez la escena en la cual Owen es asediado a pelotazos en el campo de baseball por otros chavales sea un poco excesiva, y la escena de presentación del hermanopunkie de Funnel, el mejor amigo del protagonista, es bastante vergonzosa) o de algunos momentos sensibleros y bastante irritantes, como la escena final en el campo de baseball –sí, por lo visto y por desgracia, los canadienses también aman este deporte, y además una concesión bastante tonta estropea el regusto que está dejando la cosa hasta ese momento-. Tampoco terminan de concordar bien algunas cosas, como el verdadero sentido de las pruebas que le ha dejado para que supere Rice, en especial el que tenga que desenterrar su cadáver, algo bastante excesivo; de acuerdo con que es muy bonito que le enseñe a superar algunos de sus miedos, pero…

No obstante, se aprecia la valentía de la película a la hora de tomar conciencia de la situación que está tratando, intentar mantener un equilibrio entre lo emotivo y lo didáctico (de la que sale airosa bastante a menudo, aunque realmente a uno le queda la sensación de que con un poco más de garra estaríamos hablando de un film superior) e intenta transmitir un mensaje que por moralizante que resulte no deja de ser positivo: lo que hagas en la vida es lo que cuenta.

Javier J. Valencia

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