El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes / Pyramid of Fear, Barry Levinson, 1985)

El adolescente Dr. Watson es enviado a una escuela privada para continuar con sus estudios de medicina donde conocerá al joven Sherlock Holmes, un muchacho con unas increíbles dotes deductivas. Cuando empiecen a ocurrir unas extrañas muertes, una de las cuales afecta personalmente al futuro Maestro de los Detectives, relacionadas con un antiguo culto del Egipto, los dos muchachos se pondrán en acción para esclarecer los hechos…

La película de Barry Levinson parte de una premisa interesante: ¿Qué habría ocurrido si Sherlock Holmes y el doctor John H. Watson se hubieran conocido durante sus años de Instituto? Esta pregunta podría dar de sí a un sinfín de variables sobre ambos personajes, pero en el caso que nos ocupa, la respuesta parece ser que ambos hubieran vivido una serie de aventuras, más cercanas a las de Indiana Jones (en especial a la segunda entrega del aventurero interpretado por Harrison Ford) y a las de otras producciones de la factoría Spielberg, que no a las narradas por Arthur Conan Doyle.

Y es que el toque spielberguiano del film está presente en todas partes, en la fotografía, en el uso de fanfarrias que ponen énfasis a las acciones de los personajes, en las escenas de acción donde las situaciones se resuelven de un modo muy deus ex machina, en el modelo básico de lo que es el bien y lo que es el mal (no se le hinca el diente a asuntos como, por ejemplo, los motivos por los cuales el malvado de la historia desea vengarse de los ingleses, los cuales arrasaron todo su pueblo, por ejemplo; es un villano simplemente porque sí). No por ello deja de ser un film de aventuras muy entretenido con algunos homenajes (los justos) a los legendarios personajes, incluso superior a muchas producciones destinadas a un público juvenil que asolaron las carteleras en aquellos años, teniendo un poquito más de miga las acciones que llevan a los dos personajes a comportarse como tal, y que en parte justifican cómo serán en años venideros…

…O quizá no del todo. La película tiene una visión “muy americanizada” de cómo son Holmes, y en especial, Watson. Este personaje es presentado a lo largo del film como un muchachillo bastante tonto, sin valor, aficionado a los pastelitos y con muy pocas luces. Es casi un precedente (en edad) de lo que sería el Nigel Bruce de las películas de Basil Rathborne, una especie de recurso cómico, más que un colaborador útil. Al igual que ocurría en las películas de aquél, no es que este personaje falle en el contexto de la historia que nos están contando (a lo que ayuda la corrección con las que se toma su papel Alan Cox), pero desde luego no es el mismo que había narrado Conan Doyle. También los excesos en la acción parecen un poco indicar que lo que vemos es casi una precuela de la popular saga de los años 30 y 40, donde Holmes era espía y hombre de acción, aunque algo menos detective.

El mayor acierto del casting fue Nicholas Rowe, cuyos rasgos físicos y gestos realmente parecen indicar, si no un Holmes cien por cien fidedigno, sí algo muy parecido. Sophie Ward, por otro lado, el interés romántico del detective, parece pasarse toda la película con la mirada perdida sin terminar de conseguir que su personaje resulte del todo interesante, más parece la fantasía de un muchacho de la época victoriana que otra cosa, y Anthony Higgins, correcto en su papel de mentor primero, y enemigo después del protagonista, exagera un tanto en sus movimientos en ocasiones su papel de malvado (levantamientos de ceja, agachar la cabeza para parecer amenazador), funcionando mucho mejor en escenas más tranquilas en las cuales no tiene que demostrar lo temible que es.

Finalmente, indicar que la película resuelve, a su particular manera, algunas de las cuestiones que han intrigado a los seguidores holmesianos desde hace más de un siglo: su rechazo a las mujeres, de dónde sacó la pipa y el abrigo Inverness (de nuevo, la pipa es de calabaza, como las que usaba Rathborne, y el abrigo lo popularizó William Gillette en su obra de teatro sobre el personaje), cómo conoció al inspector Lestrade (que si nos atenemos al canon holmesiano, si fuera tal y como se dice en la película ya sería casi un anciano en las novelas de Doyle)… y en los créditos finales, una última sorpresa, quizá la más estimulante de todas.

El resultado final es una obra divertida y carente de pretensiones, con algo más de tragedia de lo que suele ser habitual en este tipo de filmes (y que realmente funciona). No es descabellado imaginar que la película debería haber sido la primera entrega de una saga centrada en los años mozos del dúo de Baker Street, sin embargo, el fracaso considerable en taquilla (costó más de 18 millones de dólares y recaudó poco más de 4 en Estados Unidos) dio al traste con cualquier posibilidad de secuela.

Javier J. Valencia

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