El gran azul (Le grand bleu, Luc Besson, 1988)

En el mundo del cine existe un adagio que seguramente hemos oído repetido hasta la saciedad; “Lo que la crítica vapulea al público le encanta”. Este es el caso exacto de “El Gran Azul”, el primer film de Luc Besson orientado al mercado internacional. Con más de un año en cartel a sus espaldas, la película fue reestrenada con el montaje original del director. En Estados Unidos se la trató muy mal, con su banda sonora mutilada y la creación de un final más optimista para el público norteamericano.

Inspirada por las vidas de los buceadores profesionales Jacques Mayol y Enzo Maiorca (rebautizado Molinari en la película) así como de las experiencias de Besson en ese mundo, ya que sus padres eran también buceadores, “El gran azul” es pura épica de lo contemplativo y lo místico. Eso si, una mística de los ochenta, claro, la del viaje despreocupado y bohemio “de marca”; la del mamar en sitios exclusivos (como hace el personaje de la Arquette, mero accesorio en todo esto) y conocer a gente chic, como en las canciones de Human League. Una búsqueda de uno mismo a ritmo de sintetizadorcillo y planos subacuáticos muy de postal, eso si, excelentemente filmados.

Vamos, que la cosa está bastante hueca por dentro pese a ser entretenida muchas veces. Aún con esa exasperante pose de “niño-bonito-que-es-muy-místico-y-tiene-la-mirada-perdida” de Jean-Marc Barr, su interpretación no es para nada cargante. Jean Reno está como siempre encantadoramente sobreactuado con su pose de italiano vividor y gritón que le tiene miedo a su mamma. Rosanna Arquette está en su línea habitual, mostrando su palmito de locuela chica independiente de los ochenta, que como se ha dicho, la acaba convirtiendo en el florero del film, ya que la cosa aquí se resuelve entre machotes.

Sobre las escenas adicionales no hay mucho más que decir; se amplían diálogos y se alargan situaciones, a veces para bien, otras hasta lo indecible. El flashback que inicia la película se beneficia de esta extensión de metraje, pero otras cosas como discusiones entre Enzo y su cliente que quiere que recupere a uno de sus socios cazadores de tesoros no aportan absolutamente nada. Es de suponer que como autor que es, Besson quisiera que se narrara todo lo más fielmente a su visión, pero excepto en el cambio justificado del final, la cosa entra en el terreno de lo contradictorio; para explicar lo que quiere el film no necesita tantos minutos extra, alargarlo solo lo hace redundar sobre si mismo y su mensaje.

Hace tiempo hablé con uno de los colaboradores de esta página y me comentó como en un film que trata solamente del mundo de las competiciones de buceo podía haber algún tipo de tensión o emoción. Pues es cierto, “El Gran Azul” tiene esos momentos y son de agradecer, pero están demasiado envueltos en larguísimas transiciones y montones de situaciones que no llevan a nada, eso si, plásticamente de lo más bonitas. Y es que solo hacía siete años que se había estrenado la MTV.

Victor Castillo (Publicado originalmente en Revista Fantastique en el año 2010)

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