El dragón del lago de fuego (Dragonslayer, Matthew Robbins, 1981)

Dragonslayer es una película sorprendente tanto por su temática como por su brillante factura técnica y artística. Estamos ante una historia clásica, basada en la eliminación de la injusticia y la búsqueda interior del protagonista; lo que la distancia de muchas otras parecidas es el dragón omnipresente como encarnación de esa injusticia y la calidad cinematográfica con que se envuelve la propuesta.

Casiodorus Rex, un egoísta rey, mantiene un pacto con uno de los últimos dragones de la tierra llamado Vermithrax, el cual habita en una cueva cercana a su pueblo. A cambio de que la bestia mantenga intactas las tierras de su reino, éste le entregará doncellas vírgenes mediante sorteos entre la población. Ulrich, un poderoso mago, y Galen su joven e inexperto aprendiz, deberán hacerle frente.

A pesar de ser un mito arraigado en prácticamente todas las culturas, los dragones, y especialmente la vertiente anglosajona, han sido prácticamente olvidados por el cine. Podríamos citar unos pocos ejemplos, de no demasiada calidad, como Dragonheart de Rob Cohen o la más reciente El imperio del fuego de Rob Bowman. La cinta de Bowman trataba de dar verosimilitud a las numerosas leyendas europeas de dragones, especulando con su existencia real olvidada por la historia; se trataba de una película, que si bien no lograba sus objetivos, tenía suficiente buen hacer como para no pasar del todo desapercibida.

Podríamos decir que El dragón del Lago de Fuego, del cuasi-desconocido Matthew Robbins (Nuestros maravillosos aliados), no es una película excelente, pero es sin lugar a dudas la mejor película sobre dragones (si tal sub-género existe) que se ha rodado hasta la fecha. Ambientada hacia el final de las que vamos a llamar “edades oscuras”, los dragones y los magos están en extinción y las nuevas religiones sustituyen al paganismo. La película aprovecha este marco de fantasía para lanzar al aire una o dos ideas interesantes que, por desgracia, no llegan a despuntar en ningún momento. Sin embargo, no estamos ante una película de características sociales o religiosas, así que la propuesta tampoco se resiente demasiado por tal pérdida.

Claro está que si algo nos transmite este filme es magia, sentido de la maravilla, una auténtica celebración de la fantasía en estado puro. Ya desde la primera escena, en la que el nigromante, misteriosamente, apaga y enciende las velas de su estancia a voluntad mientras se dedica a sus menesteres como alquimista, nos sumergimos en el romántico mundo de la película.

Dragonslayer recoge los ingredientes de diferentes leyendas y cuentos, especialmente el mito del “matador de dragones” del cual San Jorge sería su mayor paradigma y los mezcla con acierto, creando un compendio de mitos y siniestros presagios que encajan a la perfección con la historia que estamos viendo. La violencia en la película es más elevada de lo que cabría esperar en un producto de la factoría Disney de principios de los 80, llegando al momento más sorprendente y sangriento hacia la mitad-final de la historia (hasta aquí puedo leer…). Tanto la narración como los momentos de violencia y acción están bien llevados, sin embargo, si de algo peca el filme, es de cargar con un metraje excesivo. La cinta se recrea  en los paisajes y en la fotografía de forma constante, propiciando algunos momentos muertos y lastrando ligeramente el resultado final.

En el aspecto artístico hay de todo. El protagonista principal, el joven mago, no da mucho de sí: al televisivo Peter MacNicol (en su primer papel) le falta el carisma que le han pretendido imprimir y se nota. Por otro lado, el villano de carne y hueso Tyrian, interpretado por John Hallam, es espléndido y consigue transmitir su repulsión y egoísmo encarnando a la mano derecha del patético rey. Mención aparte merece el maestro mentor del protagonista, el mago Ulrico, encarnado por el británico Ralph Richardson; el eterno secundario (La vida futura, Condenados de ultratumba, Rollerball, Los héroes del tiempo) asociado a menudo al cine fantástico, nos ofrece una interpretación entrañable al principio aunque parece que ya no sabe muy bien donde meterse hacia el final de la película, momento de máximo despliegue de FX.

Tras el paso de los años, los efectos especiales se mantienen en forma aunque alguno que otro chirría un poco más de la cuenta (especialmente los vuelos rasantes del susodicho). No obstante, cuando el dragón permanece en tierra, el trabajo de animación fotograma a fotograma, combinado con animatronics y maquetas, no tiene mucho que envidiar a los CGI de última generación.

En resumen, los diseños de los personajes, que son arquetipos de cuento de hadas perfectamente reconocibles, la bella fotografía de los paisajes de Escocia y del País de Gales, así como la mayoría de efectos y diseños del dragón en cuestión y su entorno (páramos, cueva, lago…) son deliciosos y hacen de ésta una película que merece salir del olvido y ocupar un pequeño puesto de honor en la historia del cine fantástico y de aventuras. 

Dani Morell

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