Cuando el viento sopla: Los tristes hijos del átomo (When the Wind Blows, Jimmy T. Murakami, 1986)

“El poder descomunal del átomo lo ha cambiado todo excepto nuestro modo de pensar, y por eso nos encaminamos hacia una catástrofe sin parangón”

(Albert Einstein)

1— LA AMENAZA ATÓMICA

“Si estallara en el cielo

el resplandor de mil soles,

sería como el esplendor

del Poderoso.”

(Pasaje del Bhagavad-Gita recitado por Robert Oppenheimer[1])

La Historia cambió para siempre el 16 de julio de 1945, en Alamogordo, Nuevo México. Ese día, se detonó la primera bomba atómica ante la mirada atónita de todos los que allí se encontraban. “Ahora me he convertido en la muerte, destructor de mundos”, dejó escapar Oppenheimer de sus labios al observar con tanto terror como fascinación el hongo atómico que había originado la explosión. Lo que fue vendido como una necesaria y beneficiosa alternativa de energía, limpia y barata, capaz de hacer prosperar a las naciones y pueblos del mundo, acabó convirtiéndose en poco menos que la mano ejecutora de una deidad, en la industrialización de la muerte, en establecimientos gubernamentales despachadores de tectita.

Ante tan “magna” oportunidad de conseguir el poder total sobre el resto de la humanidad, y arrebatar la hegemonía global armamentística de la que se vanagloriaban los EE.UU., la URSS comenzó un largo proceso de pruebas de fabricación tanto de bombas como de misiles armados con cabezas nucleares —gasto económico que estuvo a punto de sumir a Rusia en una irreparable pobreza absoluta— con las que pretendían poner en jaque a un pueblo, el norteamericano, que siempre está en busca de un enemigo al que odiar y al que culpabilizar de la perturbación de su paz vital diaria y de su pretendido —aunque inexistente y falsario— american way of life. Desde entonces, el temor por ser atacados sin previo aviso y por saber cómo sobrevivir a los estragos de una bomba atómica, copó toda la atención de la población; no es extraño pues, que el gobierno tratara de adoctrinar a la ciudadanía, instruyéndola sobre la realidad tras la amenaza, pero tratando de calmar sus miedos convenciéndoles de que lo tenían todo bajo un control total.

Podemos encontrarnos, así, con panfletos propagandísticos como este:

“Si una moderna bomba cae sobre su ciudad sin previo aviso esta misma noche, sus posibilidades de sobrevivir serían aproximadamente éstas: Si usted fuera uno de los desafortunados que se encontraba justamente debajo de la bomba, no hay prácticamente esperanzas de sobrevivir. De hecho, en cualquier lugar a media milla del centro de la explosión sus posibilidades son de 1 sobre 10; por otra parte, y esto es muy importante, de media milla a una milla de distancia del centro, sus posibilidades son de 50 por ciento. De una milla a una y media, la posibilidad de morir es sólo de 15 por ciento. Y en todos los puntos que distan desde la milla y media a las dos millas, las muertes descienden muchísimo, hasta sólo 2 o 3 de cada 100. Más allá de las dos millas, la explosión no causará casi ningún fallecimiento. Naturalmente sus posibilidades de ser herido son mucho mayores que las de resultar muerto. Pero hasta las heridas por radioactividad no significan que Usted quede lisiado o condenado a una muerte temprana. Sus probabilidades de conseguir una plena recuperación son más o menos iguales a las de los accidentes cotidianos. Estas estimaciones son válidas para bombas atómicas modernas lanzadas sin aviso. No se deje engañar por habladurías irresponsables (…)” [2]

Tal vez la Guerra Fría como tal, período de máximo esplendor de la amenaza atómica, con sus espías, sus refugios nucleares, la guerra entre la CIA y la KGB, dejara de existir muchos años atrás, pero lo Era Atómica, la amenaza nuclear, como concepto cultural apocalíptico, no nos ha abandonado nunca, pues el proyecto NMD de los EE.UU. está ahí, permanentemente, para recordárnoslo[3], o también la amenaza continuada lanzada al mundo de países como Corea del Norte —y mucho me temo que tardará en marcharse, así que tal vez, y sólo tal vez, Beach no esté tan loco como creíamos[4]—.

2.- LOS TRISTES HIJOS DEL ÁTOMO

“¿Qué es lo único capaz de provocar el uso de armas atómicas? Las armas atómicas. ¿Cuál es el objetivo prioritario de las armas atómicas? Las armas atómicas. ¿En qué consiste la única defensa establecida contra las armas atómicas? Las armas atómicas. ¿Cómo se previene el uso de armas atómicas? Amenazando con usar armas atómicas.”

(Martin Amis. Los monstruos de Einstein)

Tan sólo 10 días después de lo acontecido en Alamogordo, el presidente Harry Truman hizo pública la Declaración de Potsdam, en la que pedía al pueblo japonés su rendición incondicional[5]. Si se negaban, se arriesgaban a sufrir un golpe de devastadora destrucción —una cuasi pornográfica exhibición de poder que iba dirigida más hacia Stalin y el pueblo ruso, que hacia el japonés, que ya estaba prácticamente vencido—. Obviamente, los japoneses, de voz de Suzuki, rechazaron la propuesta de Truman.

El 3 de agosto de ese año, Truman dio orden de lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima, Niigata, Kokura o Nagasaki. Así, el 6 de agosto, el bombardero B-29 Enola Gay, acompañado de otros dos aviones que tenían función meramente observadora, despegaron hacia Hiroshima. Los supervivientes del desastre cuentan que todo se transformó de golpe en un cegador resplandor blanquecino al que le siguió una gigantesca y monstruosa explosión sonora. Tras eso, se alzó un viento abrasador, como extraído del mismísimo infierno, que a su mortal paso dejaba personas abrasadas que se retorcían de dolor —cuando no morían directamente calcinadas— por unas heridas que les llevarían a la tumba pocas semanas después.

Como los japoneses no mostraron sumisión al pueblo americano y no cedieron, sino que se envalentonaron más dolidos en su orgullo, el 9 de agosto hizo explosión otra bomba, esta vez de plutonio, sobre la región de Nagasaki.

El 15 de ese mismo mes, el emperador Hirohito dijo públicamente que “la guerra ha terminado”, lo cual, aunque no se expresara de forma clara, llevaba implícita la palabra rendición en sus intersticios.

Los que sobrevivieron a esos mortales rayos gamma, vieron cómo las generaciones que los sucedieron, nacían con malformaciones que incluso a día de hoy perduran en algunas zonas rurales.

Otra de las tragedias más conocidas por todos hasta ahora —falta por ver lo que acarreará en el futuro la no tan lejana destrucción de ese reactor nuclear de Fukushima Daiichi en Japón, aunque hay que destacar que no causó muertes directas por la radiación y la absorción de yodo por parte de la tiroides fue muy bajo— fue la acaecida en Chernóbil, que nos ha dejó como herencia una zona inhóspita —se calcula que quedaron contaminados unos 100.000 km2— de aire casi irrespirable y una generación poblacional propensa a contraer agresivos cánceres de tiroides, anemia, leucemia, difteria, enfermedades de la piel, bronquitis, deficiencias cromosomáticas y perdida de la visión entre otras dolencias que, seguro, en el futuro, provocarán nuevas mutaciones corporales. Y lo más triste de todo, no es solamente el hecho del daño que causó esa fisura en el núcleo del reactor 4 de la central, sino también el hecho de la falta de información y la red de mentiras que se tejieron alrededor de la catástrofe, tratando de no dañar la honorabilidad del gobierno soviético; dudosa veracidad informativa[6] y displicencia mundial incomprensible que nos impide saber si las víctimas directas fueron 31 como dijeron en su momento fuentes gubernamentales, o 6000 como aseguraban distintos investigadores.

Un silencio que nos condena. A todos.

3.— WHEN THE WIND BLOWS

 “-El lechero se está retrasando esta mañana.

 -Hmm, es lógico. Llegará tarde por culpa de la bomba.”

(Diálogo de la película)

La premisa atómica y todo lo que concernía a la misma —tanto a un nivel de tratamiento real como en la ficción— tuvo un papel predominante en el cine de los años ’50 y ’60, siendo su presencia mayoritaria en el cine de género fantástico, aunque no faltaron aportaciones varias en formato de dibujos animados, comedias alocadas con toques camp o documentales aleccionadores con sabor rancio. Así, además de “instruir” a la población sobre los beneficios de tan revolucionaria fuente de energía, sirvió para que se crearan superhéroes, para que los animales mutaran hasta convertirse en abominaciones que ponían en jaque a la humanidad, para resucitar monstruos de épocas pretéritas o para lograr que el hombre pudiese viajar a través del tiempo y el espacio.

Pero no vayamos a pensar que es únicamente tema recurrente del pasado, que si bien ahora las propuestas fílmicas sobre el tema son más bien escasas y casi anecdóticas, siguen teniendo relativa presencia, principalmente en el cine de género de serie B y Z, pero también en el cine más o menos mainstream, que ahí tenemos la propuesta no tan lejana —ciertamente interesante en concepto, pero fallida en distintos pasajes— que nos presentó en su momento Xavier Gens, “The Divide”.

“When the wind blows”, el film por el que viene toda esta disertación, es una de esas películas que irremediablemente te dejan un poso de incomodidad cuando las ves. Film de animación —que mezcla la técnica de dibujo tradicional con alguna secuencia de imagen real y collage— dirigido por Jimmy T. Murakami que, a su vez, adapta la novela gráfica homónima de 1982 escrita e ilustrada por Raymond Briggs, quien se encarga también del guion del largometraje.

“Cuando el viento sopla” es un canto de rechazo a la locura de la Guerra Fría, un llamamiento desgarrador al alzamiento, al despertar de la falsa ensoñación en la que estaba sumida la humanidad y sus dementes dirigentes, una bofetada en la cara contra la pasividad y el conformismo de la sociedad alienada. Y a pesar de que la cinta ha envejecido bien, hay que reconocer que su planteamiento original, la base de su punto de partida, ha perdido fuerza, debido a los cambios socio-políticos que se han producido a nivel global desde entonces[7], pero no así su visión sobre la aniquilación de la vida y la amenaza de destrucción planetaria, brillantemente plasmada a través de pequeños detalles y fragmentos de la vida cotidiana de los personajes protagonistas, seres conformistas, ingenuos y pasivos.

Jim y Hilda Bloggs son una humilde pareja de jubilados que viven de manera tranquila y apacible en una casa en plena campiña inglesa, alejados del ruido y el caos de las ciudades, más caótica que nunca ante la amenaza de guerra que se cierne sobre la población. Como cualquiera de nosotros, viven en una “bendita” y absoluta ignorancia, guiados por los comunicados que ofrece la prensa diaria y los boletines de noticias televisivos y radiofónicos, que dan directrices de cómo actuar en caso de que el conflicto bélico, la amenaza de bomba, —aunque el ciudadano no sepa realmente de dónde o de quién viene la amenaza[8], y mucho menos quién es el enemigo en realidad— se materialice realmente.

En la primera mitad del film vemos a Jim realizar los preparativos para enfrentarse y tratar de sobrevivir al inminente ataque nuclear —según indicaciones de folletos distribuidos por el gobierno— que consisten en construir  un refugio nuclear, hacer acopio de víveres, modificaciones en la estructura de la vivienda… En este primer tramo vemos cómo la mentalidad de los ancianos es típica y propia de personas ingenuas que creen todo lo que les cuentan sin cuestionarlo. No les inquieta ni lo más mínimo el motivo por el que su país se ve en esa desesperada situación ni las acciones que les han llevado hasta allí, como si todo fuese el suceso lógico de una situación inevitable, como si la guerra no se pudiese evadir de manera alguna.

Esta predisposición a la obediencia, a no ver más allá de lo que les dicen que han de ver, seguirá estando presente una vez producida la explosión, factor este que los autores del film emplean como metáfora para hacernos ver lo crédulos que podemos llegar a ser ante sucesos que nos sobrepasan en todos los ámbitos. Y esto nos lleva a uno de los interrogantes que nos plantea la película, ¿cómo actuaríamos nosotros en tales circunstancias? Hilda y Jim, por su parte, que ya no son sino sombras de lo que fueron, caricaturas moribundas de un ser humano, siguen con su vida, ahora fingida, de mentira, como se había desarrollado hasta ese momento, aferrados a la fútil esperanza de que alguien, quien sea, lo arreglará todo.

Estamos, pues, ante una película atípica, arriesgada y valiente, que expone temas crudos de manera delicada y efectiva. Un film extraordinario que nos hará plantearnos que, tal vez, nos vendría mejor a todos tener una actitud ante la vida menos pasiva y condescendiente con quienes nos gobiernan, pero sí más entusiasta, respetuosa y permisiva con el otro, menos altiva y prepotente. Puede que así, y sólo así, consigamos no destruirnos los unos a los otros cualquier día de estos.

Puede que sean dibujos animados, pero son tan crudos y duros como la realidad. Si no más.

[1] Este texto aquí expuesto consta como recitado por él momentos antes de la detonación de la bomba atómica.

[2] De un folleto repartido por el gobierno norteamericano en las escuelas entre los años 1950 y 1951. Extraído de “La paz simulada: Una historia de la Guerra Fría”  (Francisco Veiga, Alianza Editorial).

[3] Ronald Reagan no pudo ver realizado en su totalidad ese programa militar con el que soñaba llamado Guerra de las Galaxias, pero Bush, dejando de lado todos los pactos anti-nucleares existentes, aprobó un escudo antimisiles de proporciones astronómicas con el que asegurarse su hegemonía en futuros enfrentamientos.

[4] Bruce Beach es uno de los líderes fundadores de Together Everyone Accomplishes More (TEAM), una asociación no-religiosa de mentalidad apocalíptica que espera la inminente llegada de una guerra nuclear -o biológica- y se dedican a construir refugios nucleares, así como a informar a todo aquel que quiera escuchar del peligro que se cierne sobre sus cabezas.

[5] Rendición que conllevaba la pérdida de los terrenos conquistados, su ejército sería desmantelado y los dirigentes militares serían procesados y condenados como se considerase oportuno, se instauraría en todo el país la libertad de expresión, de cultos y de pensamiento.

[6] Las versiones oficiales afirmaban que se derramó únicamente un 3% del contenido total del reactor, mientras que pruebas posteriores indican que claramente fue más de un 70%. Los informes sobre los efectos secundarios fueron manipulados a órdenes del ministro de Sanidad Schulzenko.

[7] Final de la Guerra Fría, desaparición de la URSS y su fragmentación en diferentes repúblicas, la caída del Muro de Berlín…

[8] “Uno antes sabía a qué atenerse. Hoy en día ni siquiera sé quiénes son… Hoy todo lo manejan los gobiernos,  sus reuniones y los ordenadores”. Dicen en uno de los diálogos del film.

José Ángel de Dios

Esta entrada fue publicada en Cine Animación y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.