Malditos bastardos (Inglorious Basterds, Quentin Tarantino, 2009)

Érase una vez, en la Francia ocupada por los nazis…”, con este clásico once upon a time da comienzo Malditos bastardos, la película con la que Quentin Tarantino se metió de lleno en un escenario con el que a priori no lo hubiésemos relacionado: la Segunda Guerra Mundial. Pero el cineasta nos volvió a sorprender y seducir, pues esta inmersión en un contexto histórico tan difícil la afrontó con sólida seguridad, brillante voluntad y consecuente coherencia. Remitiéndonos a ese once upon a time, lo que Tarantino nos narra es un cuento sobre la guerra, un cuento de alemanes, franceses y americanos, pero sobre todo un cuento que reinventa finalmente la historia moldeándola valientemente para reforzar la coherencia interna del propio relato, haciendo justicia a la propia ficción. Una ficción que en todo momento se articula, como siempre en el cine de Tarantino, en torno a la cinematografía visionada, en torno a la historia del cine y en torno a nuestra cultura reciente de los 90, la de la postmodernidad que cocina las artes mezclando ingredientes y sabores. A fin de cuentas da igual dónde se sitúe Tarantino para contarnos algo, entre un grupo de ladrones profesionales, junto a una violenta asesina con ansias de venganza o al volante del coche de un loco homicida ex-especialista de cine; desde la ficción de géneros el cineasta siempre articula sus historias con agilidad consiguiendo hacer un cine que habla de cine.

Pero si hay que definir brevemente Malditos bastardos, basta con decir que éste es claramente un film de conversaciones; un cine de la palabra. No olvidemos que si por algo se caracteriza este director es por la maestría que tiene a la hora de escribir y dirigir diálogos, y de hacer que éstos sean donde se centre parte de la esencia de su cine. Las conversaciones banales y reflexiones de Vincent y Jules en Pulp Fiction son parte del alma de la película, así como la secuencia inicial de Reservoir Dogs en la que una simple charla amistosa entre un grupo de ladrones se convierte en una poderosa introducción al universo del film y una brillante declaración de intenciones por parte del cineasta. Se acostumbra a calificar el cine de Tarantino de violento, cuando realmente dicha violencia se muestra, se aviva y toma forma mediante la palabra, mediante esas líneas de guión que evocan una cotidianidad y una humanidad tan carismáticamente atrayentes. Malditos bastardos comienza con una secuencia inicial basada únicamente en el diálogo como motor de la acción. En dicha secuencia el oficial alemán Hans Landa (magnífico Christoph Waltz) hace una visita a un campesino francés para interrogarlo. La conversación de estos dos personajes tiene una estructura tan perfectamente diseñada que funciona como una pequeña película autónoma dentro del film; tanto el maquiavélico juego que lleva a cabo en su discurso el oficial nazi como el temple y el autocontrol que aguanta en sus respuestas el campesino son motores de cambio en la acción que mueven los cimientos del drama, permitiendo que la secuencia evolucione hasta límites insospechados para el espectador, convirtiéndose así en una introducción magnífica para un film que sorprende ya en su inicio.

Por otro lado, Tarantino juega con las expectativas del espectador que se enfrente a la película pensando que ésta va a tratar sobre los Bastardos, pues éstos realmente son sólo una parte de la historia que se narra, la historia de la joven judía francesa Shosanna (Mélanie Laurent) que, años después de haber sobrevivido a una muerte segura, planea una gran venganza para acabar con toda la cumbre de altos mandos nazis. Es así como el grupo de soldados aliados al mando del teniente Aldo Raine (un más que correcto Brad Pitt) tiene una gran relevancia en la trama pero sin llegar a adoptar un protagonismo absoluto. De esta manera el film se va construyendo a partir de las tramas que van desarrollando los distintos personajes, los cuales acaban conformando una brillante amalgama de pluralidad de lenguas y acentos. Esto es destacable sobre todo por el férreo objetivo de representar cada nacionalidad con actores no foráneos, es decir, como comentó Tarantino recientemente, cansados estamos ya de ver a actores americanos interpretando a oficiales alemanes; en esta película todo personaje alemán, americano o francés es interpretado por actores o actrices de la misma nacionalidad hablando la lengua propia. Esto, que puede parecer algo nimio y secundario, es una cuestión muy importante en Malditos bastardos ya que toda su acción dramática articulada por la palabra consigue ofrecer al espectador una fusión lingüística poderosamente empática.

Pero si algo es Malditos bastardos es una excelente asociación de los géneros cinematográficos del spaghetti western y del cine bélico de aventuras; versionando el guión de Quel maledetto treno blindato (Enzo G. Castellari, 1978) pero sin llegar a hacer un remake de él, Tarantino vuelve a hablar de cine homenajeándolo y jugando al mismo tiempo con él, así el cineasta declara su amor a toda la tradición bélica de películas como El desafío de las águilas (Brian G. Hutton, 1969) o Doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967). Y lo hace envolviendo este género con la atmosfera del spaghetti western de Sergio Leone, sobre todo en cuanto al elemento de la venganza como potencia que hace avanzar el drama hasta el clímax final de la narración. Dicho clímax en este film tiene una relevancia añadida, pues, en la espectacular secuencia final de la proyección de cine a la que asisten los altos mandos alemanes, Tarantino se atreve a reinventar nuestra historia dentro de la propia ficción, pero no por un capricho personal, sino porque es la única manera de ser fiel, justo y coherente con el juego que él mismo ha propuesto. La valentía del cineasta es un ejemplo a seguir por cualquier director que plantee un objetivo en su film y verdaderamente quiera ser coherente al cien por cien con él. Bravo Quentin.

En muchas ocasiones se le achaca a Tarantino que su excesivo juego con el cine puede revelar una actitud antinatural e impostada que conlleva un cinismo difícil de asimilar. Dicho cinismo o provocación se hace presente en la última escena del film que corta a los créditos: los dos personajes miran a cámara y uno de ellos comenta “creo que ésta podría ser mi obra maestra”. Este enfant terrible no busca hacer su obra maestra porque ya la hizo, no busca huir del acomodamiento al que ha llegado ni de la posible gratuidad de momentos de su cine, porque en el sentido del juego sigue siendo ese revolucionario cinéfilo que bombardeó las retinas de los espectadores y cambió la historia del cine en los años 90, y lo hizo jugando, como lo haría un niño sí, pero sin la inconsciencia de un niño. Lo hizo provocando, pero con la sensatez del cineasta cinéfilo capaz de ser provocador pero constructivo. A fin de cuentas lancemos sino una pregunta al aire: ¿qué consecuencias tuvieron sus provocaciones? Porque ahí es donde reside la razón de ser del juego y provocación constantes del cineasta: la lógica que las constituye; en toda película de Tarantino siempre hay un coherente equilibrio constructivo que armoniza el caos en el que nos sumergimos fotograma a fotograma. Y si algo podemos percibir en este sentido en Malditos bastardos es ese esfuerzo de equilibrio entre el divertimiento propio del niño y la madurez a la que llega, entre el juego y la provocación, entre la cinefilia y la realización, entre el amor al cine y el amor al cine propio, entre la ficción, la verdad y la palabra.

Xavier Torrents Valdeiglesias

 

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